Los pasajeros informan de un grave deterioro del servicio de autobuses con fallos sistémicos en todos los aspectos. Los vehículos se describen como destartalados, viejos y con frecuencia inoperativos: los motores se paran, las puertas no funcionan, y en una reseña se documenta un incidente de incendio en el motor. La flota parece estar mal mantenida e inadecuada para operaciones regulares. La conducta de los conductores es criticada de manera constante por ser grosera, despectiva y, en al menos un caso, discriminatoria; los pasajeros reportan maltrato e demandas inapropiadas de pago. La puntualidad es un fracaso crítico: los viajeros esperan entre 40 minutos y más de 1,5 horas, con horarios impredecibles que cambian cada semana, haciendo que los pasajeros pierdan el trabajo. Los autobuses están sucios y huelen mal, sin comodidades modernas: no hay aire acondicionado, WiFi, baños funcionales ni otras prestaciones. Los pasajeros describen el servicio como caótico e inseguro, cuestionando la competencia de la empresa y el destino de las tarifas de los clientes. La dirección parece insensible a las quejas. Estos problemas afectan a múltiples rutas y persisten desde hace al menos siete años (2018–2025), lo que sugiere un colapso operativo sistémico en lugar de incidentes aislados.
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